Un jarrón verde de Murano. Nahir Márquez


Foto: Crédito a sus autor.


       El regalo vino como un obsequio de boda muy poco agraciado. Era pesadísimo, verde intenso. Exorbitante, de múltiples puntas redondeadas y base transparente, estuvo dispuesto desde el inicio para adornar el suelo: era un jarrón de Murano.
En cuanto lo detectaron sobre la mesa de los regalos, envuelto en papel celofán transparente y con un gran lazo, tanto mi mamá como mi papá, los novios, decidieron sin mediar palabra, que debía desaparecer.
Desde ese momento, varias fueron las técnicas para sacar el jarrón de circulación. Lo primero fue colocarlo en un lugar donde cualquiera pudiera tropezarlo y que así pasara rápidamente a mejor vida. Allí, en una esquina del comedor  y peligrosamente cercano al paso diario de todo el mundo, estuvo un número incontable de años, después de los cuales seguía incólume.
Solo la señora Elisa, quien venía a ayudarnos con la casa los sábados, lo limpiaba con infinita dulzura y le decía: “¡Ay mijito, ven para acá, que nadie te quiere!”.
Luego de un largo tiempo, se comprobó que si el objetivo seguía siendo el mismo, la técnica tenía que cambiar, así que lo sacaron del apartamento y lo colocaron en la terraza inmensa de granito gris que se encontraba delante del edificio Fénix, donde solíamos vivir en Los Caobos. El efecto resultó una suerte de experimento minimalista, por la extensión de la terraza y las características inusuales del singular florero (único elemento decorativo que destacaba  en el espacio).
 Allí, en la parte baja del edificio, estaba la peluquería Telvi, una tienda de reparaciones electrónicas, el abasto del señor José y, frente a todo, un gigantesco árbol de mango que era un enjambre alucinante de cristofués y luces amarillas. Exactamente allí, a los pies del frondoso árbol, se ocupó mi papá de ubicar la indeseada pieza, con la esperanza de que desapareciera en algún momento.
Conociéndolo un poco y aunque suene algo rebuscado,  ahora creo que una de las fantasías de papá, era que Sofía Ímber, notorio personaje del periodismo venezolano y especialista en arte, quien se peinaba por entonces cada mañana en la peluquería Telvi antes de ir a su programa de televisión matutino, viera el objeto; y ante tanta fealdad y acudiendo a su equilibrado sentido de la estética, quisiera removerlo de su vista urgentemente… esto nunca sucedió. De hecho, llovió torrencialmente por esos días, como llueve con frecuencia en Caracas; y el colosal florero/totem comenzó a llenarse progresivamente de agua, de insectos y de hojas. No obstante, mi papá y mi mamá no abandonaban la idea de deshacerse de él, porque básicamente lo consideraban “pavoso” (1).
Un día muy temprano en la mañana,  al irse a trabajar y cuando el jarrón tenía ya casi un mes afuera sin que nadie se le acercara, mi papá notó que había desaparecido. Yo no lo vi, pero supongo que una amplia sonrisa le iluminó el rostro y un suspiro de alivio le llenó el pecho. En la noche compartió la noticia con mamá, aliviados ya ambos de la pesada carga.
Unos quince días después de haber culminado la “hazaña de liberación”, mi papá entró al abasto del señor José para comprar algo antes de llegar a casa. El negocio era pequeñito y algo oscuro, aunque muy bien organizado por aquel serio portugués, quien a pesar de su silencio impenetrable hacía siempre cálidas nuestras visitas. La oficina del negocio estaba al fondo; y mi papá  llegó hasta un estante cercano para buscar unas barquillas. Como la puerta estaba abierta, no pudo evitar mirar hacia adentro y ver lo que vio: sobre el escritorio impoluto de José estaba, como rey de la oficina, lavado y pulido como nunca antes y atravesado por un haz de luz, el jarrón verde de Murano.
Me parece estar oyendo a papá decir para sí mismo: “¡No puede ser, vale…nooo!”.
Con esa visión a cuestas, pero sin humildad o aceptación, volvió a casa esa tarde, no sin antes fraguar un nuevo plan, porque el que ese objeto permaneciera en los alrededores de su casa, no era la idea.
Así  que unos días después, y sin decirle nada a mi mamá, porque sabía que le iba a decir que dejara la obsesión, entró como siempre al abasto y le dijo a nuestro abastero:
−José, hermano, sabes que el otro día cuando vine a comprar, vi sin querer tu oficina, por cierto: ¡bien bonita, chico! La puerta estaba medio abierta y lo primero que noté fue tu jarrón de Murano en el escritorio. Y lo que te voy a comentar, tómalo como tú quieras, pero te lo digo porque te aprecio: mira José, dicen, yo no lo sé a ciencia cierta, pero dicen que esas cosas de Murano son muy “pavosas”, chico. Y tocándose levemente el corazón, le susurró: “Yo que tú, no tendría algo así cerca.”
José no le dijo ni una palabra, pero unos días después papá volvió a pasar por la tienda y, de puntillas, llegó hasta la oficina del abasto. No había rastro del jarrón.
Es posible que desde el cielo, Sofía Ímber le esté dando también las gracias al señor José por deshacerse de aquello. Aunque claro, vivíamos en el edificio Fénix... y quizás algún día renazca el jarrón de sus cenizas.
Si alguien se lo encuentra, por favor no le avisen a mi papá.

(1)   En Venezuela, se dice de algo o alguien que puede traer mala suerte o bien malos recuerdos, mezclado esto en ocasiones, con el mal gusto.

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