El último café. María Francia Arteaga



Foto: Crédito a su autor.

En Caracas, mi cuna, la neblina se deslizaba sobre las calles en noches y madrugadas de final de año. Era mi adolescencia. ¡Nadie, por Dios, pretenda ahora el dato preciso!
Lo cierto es que la neblina sazonaba mis fantasías y les otorgaba aroma y centígrados de latitudes remotas.

La ciudad, en esa época del año, danzaba para mí entre el dulzor maracuchísimo de los postres de mi tía y el espectro de sabores de las hallacas que cohabitaban en la urbanización donde viví. Desde las zulianas de mi casa, hasta aquellas más osadas y multiculturales que incluían almendras, nueces o avellanas. Las menos apetecidas por mí –no hacía eso que dejara de engullirlas– eran las que sobre el guiso llevaban una presa de pollo con hueso, cartílagos y cuanto por naturaleza propia le perteneciera a una pieza sin deshuesar. Esa presa de pollo reposaba sobre el guiso como si se tratara de una diva... En todo caso, el disfrute era zamparse toda hallaca que le plantaran a una sobre el plato.

Parte de ese goce era salir con los amigos después de la casa donde se hubiera comido para criticar sin misericordia la sazón y las rarezas que pudieran encontrarse en el sorprendente universo de una hallaca.

Nada, sin embargo, como lo probado después de un concierto navideño del coro donde yo cantaba. Memorable y punto. No recuerdo el nombre sino el apodo del fulano cuya mamá nos invitó a cenar a su casa –quien sabe con qué insana intención– a la salida del enésimo concierto navideño que dábamos ese año. Algunos miembros del coro, los más inseparables, llegamos como jauría a la casa de la sospechosa mamá que deseaba que probáramos su repertorio culinario de las fechas. La hallaca tenía aromas tan fuertes y penetrantes que perfectamente podía actuar como un expectorante casero. Si yo hubiera tenido que clasificar porque sí aquella hallaca, habría asegurado que era una versión tránsfuga que se desarrolló en la India; luego, lastimosamente, regresó a Venezuela antes de que se perdiera la receta. En fin. El contorno era tan inocuo que ni siquiera lo recuerdo.

Pero el broche de oro, el no va más, fue el café ¡Santo Dios, que café! Fue servido instantes después de ponernos delante de las fauces un arroz con coco "ligeramente" salado. Tras el primer bocado del postre, que a esa altura justificaba plenamente su presencia en el desfile de sabores raros, saltaron los deseos irrefrenables de que la cena terminara para poder salir de allí a despotricar contra el horroroso encuentro con los gustos navideños de esa casa. Presumo que las críticas que se atropellaron en la garganta, una vez salidos de aquella cena, hicieron el efecto de lavado de estómago. Estoy casi segura.

Pero el café, Dios mío, el café. Fue un café servido con gran alarde: "¡muchachos, con leche de cabra recién ordeñada!". El primer contacto de labios y lengua con la cremosidad de la leche, no tuvo nada de espectacular. Lo peor aguardaba. A medida que el sorbo transitaba desde la cavidad bucal, hasta alcanzar por fin su último destino, los jugos gástricos, develaba su poder destructivo. Aquel infame líquido tenía tequila en cantidades inmorales y en pugna mortal se enfrentaban paladas de papelón y "toques" de sal.

Pasado con esfuerzo ese crimen líquido por mi inocente tracto digestivo, mi rostro no ocultó absolutamente nada. Mis amigos se levantaron de sus sillas impulsados por un poderoso resorte. Claro, los contrastes culinarios de la noche tenían la fuerza de algo nuclear, devastador. Se sucedieron las brevísimas cortesías de despedida y, al fin, estuvimos en un carro que cumplía en ese momento doble función, transporte a la casita donde los sabores del día siguiente nos resultarían celestiales y espacio de libertad para arrojar con palabras lo que el estómago deseaba arrojar fisicamente.

Yo del tiro arrojé de mi lista de amistades a Speedy González, como solíamos decirle a aquel tenor flaquito, estirado y de poco hablar, cuya madre casi nos mata. Nunca más le dirigí la palabra. 

#María Francia Arteaga

Comentarios

Publicar un comentario