
Foto tomada del blog Elaereipa. Créditos a su autor.
En mi apartamento en los Palos grandes, en una de las miles de rumbas amanecidas de las que yo participaba hasta justo antes del amanecer.
Mi cualidad vampirística se acentuó con el tiempo, una cosa es hacer la noche larga y otra ver el sol salir. Salgo de mi cuarto cerca de las 9am con un dolor de cabeza mamutiano y encuentro que Ana y Dávide siguen en el sofá, desde anoche.
Ana escucha atentamente a Dávide quien descosía a alguno de sus conocidos. Preparo desayuno para todos, y de pronto, avizorando un domingo en casa con todos cadavéricos y mi niño dando vueltas, se me ocurre que nos embalemos hacia La Sabana.
Sin dilación, procuro un bikini para Ana y Dávide dice que no tiene traje de baño. No acepto el pretexto. Los arreo a todos, montamos la cava, sombrilla y demás peroles en el carro y salimos vía La Guaira.
En Naiguatá hubo siempre un mercadillo que invadía las aceras donde vendían trajes de baño junto con caimanes inflables y tablas de anime, baldes con palitas y cualquier perol Manaplás (que entonces eran muchos). Paro el carro a un lado, así rumildamente, y me bajo con Dávide a comprarle un short. Ninguno le gustaba, claro. Escogimos el menos ubicuo y colorido, llenamos la cava con hielo, cervezas, naranjas y parchitas, topeamos con chucherías tipo pepito y seguimos hacia La Sabana.
Llegamos a la playa y Dávide no cabía en sí. Nos confesó feliz que hacía años no veía el mar. Su gozar, con un traje de baño conspicuo y pobremente moderno, le devolvió la alegría del sol a un ser para quien la modernidad lo era todo.
Mi cualidad vampirística se acentuó con el tiempo, una cosa es hacer la noche larga y otra ver el sol salir. Salgo de mi cuarto cerca de las 9am con un dolor de cabeza mamutiano y encuentro que Ana y Dávide siguen en el sofá, desde anoche.
Ana escucha atentamente a Dávide quien descosía a alguno de sus conocidos. Preparo desayuno para todos, y de pronto, avizorando un domingo en casa con todos cadavéricos y mi niño dando vueltas, se me ocurre que nos embalemos hacia La Sabana.
Sin dilación, procuro un bikini para Ana y Dávide dice que no tiene traje de baño. No acepto el pretexto. Los arreo a todos, montamos la cava, sombrilla y demás peroles en el carro y salimos vía La Guaira.
En Naiguatá hubo siempre un mercadillo que invadía las aceras donde vendían trajes de baño junto con caimanes inflables y tablas de anime, baldes con palitas y cualquier perol Manaplás (que entonces eran muchos). Paro el carro a un lado, así rumildamente, y me bajo con Dávide a comprarle un short. Ninguno le gustaba, claro. Escogimos el menos ubicuo y colorido, llenamos la cava con hielo, cervezas, naranjas y parchitas, topeamos con chucherías tipo pepito y seguimos hacia La Sabana.
Llegamos a la playa y Dávide no cabía en sí. Nos confesó feliz que hacía años no veía el mar. Su gozar, con un traje de baño conspicuo y pobremente moderno, le devolvió la alegría del sol a un ser para quien la modernidad lo era todo.
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