Quisiera cambiar algunas cosas… Chile Veloz

Vendedor de frutas frente al Teatro Municipal. Caracas c.1930. Crédito a su autor.

De repente me pongo a pensar en las cosas de antes, las más sencillas, y los recuerdos comienzan a aflorar para llevarme a esos años donde lo único importante era estar ahí, tener las ganas, hacer las cosas.

Me puse a pensar en la llegada de las vacaciones y cómo me faltaba el tiempo para hacer todo lo que quería: montar bicicleta, patinar, jugar baseball con pelotica de goma y monear la mata de mamón de los Aoun, unos franceses que nunca entendieron lo vital que eran los mamones en el crecimiento de los niños de la cuadra.

A las cinco llegaba el panadero en su enorme moto de un verde indescifrable con su sidecar lleno de pan de a locha y, lo más importante, de tunjas, una suerte de pan dulce suave, enroscado, azucarado, que costaba una locha igual que el pan.

Otras veces llegaba Rafael el quincallero en una camioneta que nada tenía que envidiarle a un centro comercial de hoy, pues allí había de todo, ollas, triquitraques, sartenes, saltapericos, metras, perinolas, coladores, silbadores, cucharas, pistolitas de pistón, así, mezcladas las cosas para la casa con las cosas para nosotros los niños en vacaciones, y se anunciaba con su corneta que decía: ERUGUE... ERUGUE…

De repente se oía la carreta del señor que vendía naranjas, solo naranjas, y que tenía una maquinita para pelar las naranjas California como por arte de magia. Uno compraba la fruta por medio (0,25 céntimos) más por ver cómo la maquinita pelaba la naranja y salía la tirita de la concha que por la misma naranja.

Cuando había alguna fiesta en la casa, las botellas que se vaciaban eran un tesoro para mí, pues cada tanto pasaba un señor gritando… BOTELLERO…  BOTELLERO…, y esas botellas vacías se transformaban en mucho dinero, pues él las compraba a tres centavos (15 céntimos de bolívar) cada una. Yo lograba ganarme un bolívar, o hasta dos, y eso me alcanzaba para comprar ocho Torontos.

Un buen día aparecieron Balbino, Daniel, José y Julio, españoles todos, que alquilaban caballos. Yo fui feliz paseando a caballo por las calles de El Paraíso, un lugar de Caracas que realmente era el paraíso.

También recuerdo los limpiabotas que iban a la casa. Junto a  los zapatos de mi papá, yo coleaba mi par de zapatos "elegantes" para que me hicieran Limpiado-Pulido con alcohol y agua por un Bolívar; el resultado eran unos zapatos relucientes que parecían un espejo.

Son tantos los recuerdos que se agolpan en mi cabeza que llenaría muchas páginas de esas memorias de un país que conocí y que lamentablemente no puedo heredar a mi hijo, no sólo por que el país es otro sino porque son otras las cosas que a él le toca vivir, cosa que acepto. Pero no hay duda que tuvimos la suerte de nacer en el momento correcto para rememorar tantas cosas que hoy suenan a cuento, a leyenda, a fantasía.

Ya vengo, voy a la quincalla El Pinar en mi bicicleta a comprar unas barajitas del álbum "Banderas del mundo". YA TENGO LA DE VENEZUELA, ¿Y TÚ?

Atte, La Casa

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