Un rastro, un dolor que ya pasó. Julio Tupac Cabello

View Master de Caracas. Crédito a su autor.

Llegar al aeropuerto y despedir, otra vez, a tu mamá. Soltarle un chiste para que no se deshaga en sentimientos, y contener esa nostalgia por lo que ella representa, pero esta vez, sentir vergüenza. Vergüenza por extrañar lo que no está ya sino en mis recuerdos. 

Una Caracas agitada y borracha de tanta adrenalina, llena de teatro, rumbas, música y tertulia. Un valle en el que no hay luz que pueda con la noche. Un mundo eterno de copas y amigos, en tradicionales como La Candelaria, en nichos como Sabana Grande, en "actuales" de Las Mercedes o el CCT. 

Yo crecí en una Caracas que crecía más rápido que yo. Las canchas y los bares de mala muerte en San Martín se multiplicaban a la avenida Baralt. La onda hippie de la que apenas quedaba rastro en La Florida o Chacaíto, se mudaba a La Castellana o Altamira, vestida de yuppie. Vi convertir una disco gay en un antro rave. Me faltaba el tiempo para hacer tanto taller de literatura. Y los trabajos eran lugares para aprender, de los que saltaba cada vez que la lección estaba lista. El mundo era un menú sin fin. Proyectos de arte, de negocios, de medios, de tendencias. Movimientos sociales, políticos, radiales. Recuerdo mis incursiones en Venezuela 2020 o Solidaridad Vecinal. 

La Plaza Venezuela pasando de abandonada a preciosa, de preciosa a restaurada. El prostíbulo de los 50 donde conspiraban nuestros héroes clandestinos convertido en bar universitario por excelencia. Caracas era un ensayo ruidoso. El lugar más barato del mundo para tomar cerveza era el bar de la parroquia universitaria. Un Cristo sincero, pues. Era un tiempo en el que la democracia no estaba en cuestión, se ejercía a gritos, se era conservador, vivo, trabajador, socialcristiano, de izquierdas. Había mundo para el anquilosado y para el vanguardista. Para el liberal y para el proteccionista. 

Podías vestir corbata y querer la academia, o pedirle taima a la vida para postergar la señoría. Me da vergüenza compartir con quienes viven ahora lo que es mi país que yo pudiera caminar de madrugada, con cuidado, de un extremo a otro de la ciudad. Que las calles estuvieran llenas de libros, librerías y libreros. Que siempre hubiese un viejo con un buen cuento para compartir. 

En el país en el que yo crecí el mundo estaba por descubrirse. Y todos los que vivíamos ahí asumíamos que nuestra vida era parte de dicha expedición. Los nombres, y las calles, y las universidades, y las anécdotas específicas huelgan. Ya no deseo que esos tiempos regresen. Es un dolor que ya pasó. Tengo conciencia que es la memoria de un lugar que ya no existe. 


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